En un estado de virtual ruptura, el Presidente no se anima a avanzar en nada sin el aval de su vice. Eso es lo que ocurre con la inflación.

Lo que en diciembre de 2019 era elogiado como una brillante jugada política de Cristina Kirchner al designar como candidato presidencial a Alberto Fernández para ganarle al macrismo, 27 meses después ya no hay dudas para el kirchnerismo duro que fue otro error de Cristina. Debe ser la primera vez en las últimas décadas en que el periodismo vaticina todo lo malo que iba a ocurrir y acierta.

Es decir, las diferencias en la gestión, el poder bifronte, la falta de un plan económico, la intromisión de Cristina Kirchner en decisiones presidenciales, el choque entre el peronismo tradicional y La Cámpora, el fracaso de los controles de precio, el inconveniente de dilapidar las reservas, el ajuste inevitable que traería un programa con el FMI en una economía desordenada y el daño de dilatar ese acuerdo.

Pero hay más, el rol desdibujado de un ministro de Economía sin poder, las consecuencias de una política exterior ideologizada y errática, la deriva de apostar a una alta inflación porque carcome el poder adquisitivo. Es necesario reconocer que doce años de kirchnerismo colaboraron a predecir lo que iba a pasar. La gestión está paralizada por la interna y genera un terrible impacto en la vida cotidiana.

¿Quiénes son los responsables? Alberto Fernández y Cristina Kirchner, como protagonistas de una trágica novela mexicana pero que es real y ocurre en la Argentina. No es que no haya gestión en los ministerios, como por ejemplo en Obra pública, Desarrollo social, Economía o Producción, por citar algunos casos. No hay decisiones de fondo o un paquete de medidas y reformas que tiendan a revertir el actual escenario que es demasiado preocupante como para no hacer nada.

Es lo que ocurrió con el anuncio de Alberto Fernández de iniciar el viernes pasado una “guerra” –el término menos indicado en medio de la angustia mundial por el conflicto bélico en Ucrania– contra la inflación que finalmente terminó diluido en un mensaje presidencial vacío. El Gobierno debería crear el Ministerio de la Expectativa, para gestionar algo en ese aspecto y saber qué significa y qué consecuencias, buenas y malas, acarrea.

Su amague en tomar medidas drásticas, cómo era lógico en una situación de incertidumbre, provocó remarcaciones de precios de alimentos y otros productos de consumo masivo entre un 15 y 20% en los negocios de barrio, ante el desasosiego de lo que podría ocurrir. No debe haber muchos casos en que una “guerra contra la inflación” produzca inflación. El problema es que Alberto no se siente apto para tomar decisiones de fondo sin que estén avaladas por Cristina.

Y como sabe que políticamente la relación está rota, no puede afrontar algo tan urgente y complejo como la suba de precios. Entonces mantiene el piloto en automático. Cristina dijo días atrás en un encuentro con organizaciones de derechos humanos que la unidad no sirve, que lo que sirven son las políticas hacia la gente. Es probable que sea cierto, la unidad existe para ganar elecciones, no para gobernar.

Es lo que debieron haber entendido desde el principio los socios del Frente de Todos. En la Casa Rosada los números nacionales espantan a todos. Los consultores suelen advertir que es poco probable construir una candidatura presidencial con alguien que tenga más del 50% de imagen negativa, salvo que la positiva sea más de 45. No hay nadie en el kirchnerismo, ni siquiera el Presidente que es el que mejor mide, que no tenga ese nivel de negatividad.

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