Piquete de desocupados y de trabajadores, piquete malo. Piquete de patrón del campo y millonario, piquete bueno. Así razonan los «libertarios» que defienden el privilegio de los ricos de vivir del trabajo ajeno.

Una nueva muestra de la verdadera cara de nuestros autoproclamados «libertarios» se dio estos últimos días. En ocasión de los cortes realizados por los movimientos sociales, coincidiendo días después con las amenazas de las patronales agrarias de cortar rutas como en 2008, la truop que sigue a Javier Milei eligió bando muy fácilmente: los ricos.

Luego de que diversas organizaciones sociales se manifestaran en el centro porteño la semana pasada llevando sus exigencias de trabajo genuino y mayores recursos para las cada vez más personas bajo la línea de pobreza, el legislador porteño por el partido de Milei, Ramiro Marra, llamó a conformar un «Movimiento Antipiquetero Argentino». Mussolini estaría orgulloso.

El argumento no puede ser más sacado del manual de demagogia y lugares comunes berretas de la derecha argentina. Haciendo gala de un populismo reaccionario, Marra aseguró que hay que dejar de bancar a los que «no trabajan» en beneficio de los que sí lo hacen pero que «los piquetes les joden la vida».

Marra, que utiliza su sueldo de legislador («¡con nuestros impuestos!») para comprar y vender acciones, es el ejemplo vivo de alguien que vive del trabajo ajeno sin hacer nada. El sueldo que cobra del Estado lo utiliza para obtener ganancias de empresas que funcionan gracias a que trabajan otros. Desbloqueó un nuevo nivel de parásito improductivo. No obstante lo cual se da el lujo de señalar -con la superioridad moral del pequeño burgués «mentalidad de tiburón» aspirante a Elon Musk tercermundista- quienes son «los que trabajan» y quienes «los vagos».

Su jefe político, Milei, no es muy distinto. El economista y diputado por CABA se ufana de sortear su sueldo todos los meses bajo el argumento de que él vive de lo que genera en el sector privado. ¿Pero cómo sostiene las actividades que le demanda su condición de diputado y además tiene tiempo de pasearse todos los días por los canales de televisión y distintos medios a difundir sus delirios, si además, según él, «trabaja en el sector privado»? la conclusión es fácil: es otro que vive del trabajo ajeno. En nada cambia que el parásito viva de un sueldo estatal o o de uno privado. Parásito queda.

Piquetes buenos y piquetes malos

Pero volvamos a la cruzada de los «defensores de la libertad» contra una de las libertades más básicas de cualquier sociedad democrática, la libertad de protestar.

Marra sostiene que los piqueteros no trabajan y que hay que sacarlos, si no con la policía, con las fuerzas de choque fascistas que propone formar. A Marra no se le ocurre pensar (probablemente no tiene la menor idea) que la gran mayoría de las personas que cobran algún plan social trabajan de manera informal, sea haciendo changas o en algún trabajo precario. En su defecto, son compañeros que están desocupados, y precisamente por eso es que están protestando.

El piquete, el corte de calle, es un método histórico de los trabajadores (ocupados o desocupados) para exigirle al Estado y a los patrones por sus derechos. No hace falta irse muy lejos para poner ejemplos. Además de los de los movimientos sociales, el año pasado muchos de los piquetes más resonantes a nivel nacional lo protagonizaron precisamente trabajadores en lucha, como los obreros de EMA-EDESUR, los ferroviarios del Roca o los trabajadores de la salud tanto del sector público como privado que se bancaron la pandemia y salieron a pelear por sus condiciones de trabajo y la salud pública. Los que hacen piquetes son precisamente los que trabajan para exigirle a los que viven del trabajo ajeno: los altos funcionarios del Estado, el gobierno y los empresarios.

Ahora bien, el colmo de esta ideología fascistoide es que sólo están en contra de los piquetes si los hacen los pobres. Si los cortes de calle los hacen los ricos, entonces los apoyan.

No es chiste, sino que es precisamente lo que les recomendó Javier Milei a los jerarcas de las patronales agrarias reunidas en la Mesa de Enlace: que hagan piquetes. Reunidos para protestar contra la ínfima y miserable suba de retenciones que promueve el gobierno, y mientras se preparan para disfrutar de ganancias extraordinarias por el alza de los precios de las commodities por la guerra en Ucrania, el diputado les dijo que salgan a cortar rutas como hicieron en 2008, según trascendió en los medios.

Otro ejemplo es el de Patricia Bullrich, otro personaje de distinto partido pero igual de impresentable que despierta simpatía en Milei y compañía. Bullrich estuvo literalmente a la cabeza de los cortes de ruta que duraron más de 100 días cuando se debatió la Resolución 125 por las retenciones.

Luego, como funcionaria del Ministerio de Seguridad con Macri, aplicó una política represiva para quienes cortaban las calles (y no cumplían con el requisito de tener un patrimonio mayor a un millón de dólares, para quienes parece sí estar permitido). Consecuencias de esa política fueron las muertes de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, en la Patagonia. Ahora, en la oposición, también apoya las protestas del campo y los cortes de ruta de las patronales agrarias.

No puede ser más claro a quienes defienden los autodenominados «liberales» y la derecha: a los ricos. No les molestan los piquetes cuando los que protestan son el sector económico más millonario y con más poder del país. Cuando eso ocurre, inmediatamente se olvidan del sagrado «derecho a circular» y de que «le joden la vida a los trabajadores». Está claro que es sólo una excusa para hacer su actividad preferida, defender millonarios, que no son trabajadores ni mucho menos viven como uno.

Lo cierto es que detrás de los discursos de odio hacia los pobres y la «demagogia antipiquetera» que busca envalentonar a un sector reaccionario de las clases medias, lo que está detrás no es más que la defensa irrestricta de los intereses de una clase social, los capitalistas, contra otra, los trabajadores. O lo que es lo mismo: fascistas y liberales defendiendo el privilegio de los ricos de vivir del trabajo ajeno.

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