Como en todo el país y en cada parte del mundo donde haya un argentino, o, como en Bangladesh, que haya quienes simpaticen con nuestra Selección, en Eldorado la euforia desatada con el penal de Gonzalo Montiel tiene un punto final difuso en el tiempo.

Llegando a la zona de concentración no se conseguía lugar para estacionar a varias cuadras de la Plaza Sarmiento, lo que era lógico porque la caravana en ambos sentidos de la avenida San Martín era larguísima. Pero la gente no solo se movilizaba en vehículos sino también a pie y uno de ellos llegó hasta el centro caminando más de 4 kilómetros descalzo para cumplir su promesa.

Las bocinas no tuvieron descanso y la gente al costado de las calles que no iba al festejo céntrico saludaba desde las veredas agitando sus manos, banderas, camisetas o solamente gritando con fuerza “Vamos, Argentina”.

Miles de personas con sus camisetas, gorros, rostros pintados, máscaras de Messi o lo que fuera se reunieron en el kilómetro 9 para dar rienda suelta a tanta alegría contenida durante 36 años (los más chicos no esperaron tanto, pero estaban las ganas de experimentar la sensación de ser Campeón Mundial) y hubo música puesta por la hinchada, pero también por la Municipalidad que montó un corralito alrededor de la pantalla gigante donde se pudo ver la final y ahí aparecieron músicos que pusieron a bailar a los eldoradenses.

Sin dudas que la Scaloneta ha despertado un amor incondicional, que Messi se ha instalado definitivamente en el lugar más elevado de la historia del fútbol argentino y mundial, lugar que compartirá con Diego que estuvo presente en las canciones y en un cuadro que alguien lo enarbolaba como su joya más preciada. Diego y Messi, Messi y Diego, no importa el orden, los dos son dioses del fútbol y son argentinos, y el pueblo así lo entiende.

Hubo chicos, grandes y muy grandes, todos unidos por la misma felicidad y por los mismos colores, con camisetas, gorros, banderas y lo que fuera para expresar el orgullo que se siente y, por si acaso, algún distraído llegó sin nada albiceleste, un vendedor aprovechó el momento para enpilcharlo.

El festejo es interminable, seguramente se extenderá hasta el próximo Mundial, aunque esta vez esperemos que ya no tengamos que esperar otros 36 años para celebrar.

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