Ómnibus

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Hay gente que prefiere el avión, otros el ómnibus y algunos viajan en auto. Trenes ya no quedan porque Mr. Capicúa los vendió, como vendió el mar el Patriarca otoñal de García Márquez. Y todavía no entiendo a los que no se le animan al avión, pero tampoco hace falta entender a los terraplanistas o a los antivacuna.

Ya nunca se sabe cuánto cuesta volar. Depende del día y de la hora, a veces es más caro y otras más barato, incluso más barato que el colectivo. Depende también de la línea aérea y de otros caprichos relacionados con la competencia y la incompetencia. Lo peor que te puede pasar es que te llegue un mensaje que dice que tu vuelo se anuló pero te dan un lugar para uno que sale tres días después del casamiento de tu ahijada en Quemú Quemú.

El auto es lo más caro por varios motivos, pero cada tanto no queda más remedio. Solo es más barato cuando viaja la familia con la jaula del loro, o cuando vale la pena el gasto para no depender de los horarios de otros. Alcanza para convencernos el costo del combustible y no calculamos que un viaje en ómnibus a Resistencia se pagaría de sobra con el costo del estacionamiento en una playa de esa ciudad. Tampoco ponemos en la cuenta los costos de mantenimiento del auto o los impuestos que pagamos solo por tenerlo. Para colmo los coches son tan frágiles que basta con atropellar una calandria en la ruta para tener que bancar un arreglo que cuesta como 20 viajes a Monte Caseros.

Las cuentas dan siempre a favor del colectivo, que no tarda más si se cuenta que se puede viajar en un tiempo muerto y a una edad en la que tampoco se duerme mucho en la cama. En el colectivo se puede leer, dormir, estudiar, rezar, chatear, oír podcasts, música y ver una serie entera bajada de Netflix. También se puede conversar, comer, beber, ir al baño… lo mismo que hacemos cuando no estamos viajando y solo con las limitaciones de la señal de los celulares, cosa que también ocurre en tu casa, cuando el wifi pagado puntualmente sube y baja como las mareas en la playa.

Además el ómnibus es siempre más seguro, no cambia el horario y llega más o menos puntual a un lugar bastante más cómodo que un aeropuerto, aunque sea la terminal de Corrientes. Bueno… llega puntual salvo que te pare la Gendarmería y se frieguen en el tiempo de todos los pasajeros porque sospechan que uno de ellos lleva algo de más. Parece una película de guerra: una fuerza de ocupación que busca un integrante de la Resistencia para sacarlo del ómnibus y reventarlo en la banquina… Pero no, el que te despierta es un gendarme husmeando en los bolsos de mano del portaequipajes encima de los asientos y el que se llevan es un pobre tipo que trata de llegar a fin de mes vendiendo un par de celulares que compró baratos en la frontera.

Últimamente los ómnibus han empeorado, más por dejadez que por la competencia con los precios de las líneas aéreas, ya que si quieren competir, deberían mejorar el servicio antes que empeorarlo. Olvídense del arroz con pollo, del vino barato, del espumante dulzón y hasta el mate cocido de la mañana: mucho mejor es un par de sandwiches hechos en casa, y para llevarlos están las loncheras. Una botellita de agua, en cambio, sí que se agradece. Tampoco cuesta nada poner los relojes en hora y arreglar el cartel del baño ocupado, que en muchos ómnibus funcionan como la mona. Y sacar las pantallas de TV, que solo sirven para golpearse la cabeza. De paso, pueden arreglar la calefacción y el aire acondicionado para que la temperatura sea agradable y constante, en lugar de pasteurizar a los pasajeros a fuerza de cocinarlos y congelarlos cada quince minutos para conseguir un promedio que nunca llega.

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