La vicepresidenta asoció su figura a la del presidente electo de Chile, Gabriel Boric. Los límites de esta comparación

En sus últimos pronunciamientos del año, Cristina Kirchner asoció su figura con la del joven presidente electo de Chile, Gabriel Boric. El 31 de diciembre, por ejemplo, Fernández de Kirchner retuiteó una homilía del cura chileno Oscar Zamora, quien había defendido enérgicamente a Boric ante el miedo de algunos feligreses por la llegada del “comunismo” al poder. La verdad es que el discurso de Zamora merece ser reproducido porque tal vez explique las razones por las que ganan elecciones, una y otra vez, en el continente, Boric y tantos otros líderes que son estigmatizados como comunistas, populistas, izquierdistas, o alguna variante de todo eso:

“Resulta que fui a hacer un velatorio al cerro Mariposa, y hablaba con algunas personas que me decían ‘padre, ¿qué vamos a hacer ahora?’ ¿Por qué? ‘Ahora que van a gobernar los comunistas’. Yo les dije que van a tener que hacer un curso rápido de historia. ¿Alguna vez han gobernado los comunistas en Chile? No. ¿Verdad? Nunca. Entonces, ¿quiénes son los que nos han cagado en estos 40 años? Si no han sido los comunistas, ¿quiénes fueron? Empecemos por la Democracia Cristiana, que vendió el país. Y después todos los que eran de derecha y los que eran de izquierda pero no eran comunistas son los que han engañado a Chile, los que nos tienen sin vivienda, sin educación, sin salud. ¿Y estamos asustados porque va a gobernar Boric? Déjense de joder, por favor. ‘Padre, van a gobernar los comunistas’. ¡¡¡Si nunca han gobernado, y los que nos han cagado no son comunistas!!! Yo le exijo al pueblo cristiano que recemos por este muchacho y que dejemos enterrados los fantasmas.”

La mención al padre Zamora no es la primera de la vicepresidenta argentina respecto del triunfo de Boric. El día de su consagración como Presidente, Kirchner tuiteó: “Como dijimos el viernes 10 en la Plaza: “El pueblo siempre vuelve y encuentra los caminos para hacerlo. Puede ser un partido, puede ser un dirigente hoy y otro mañana pero el pueblo siempre vuelve”. Felicitaciones Presidente Gabriel Boric a usted y al pueblo de Chile”.

El triunfo de Boric fue realmente un alivio para los latinoamericanos democráticos que legítimamente estaban preocupados por el ascenso al poder de un dirigente de ultraderecha como José Kast, que reivindicaba abiertamente a la dictadura de Augusto Pinochet, o proponía cavar una zanja rodeada de alambres de púa para evitar que inmigrantes ingresen a su país. De hecho, Boric recibió el apoyo explícito de líderes históricos de la democracia chilena, como Ricardo Lagos y Michelle Bachelet.

Pero el intento de Cristina de compararse con Boric merece un breve análisis, porque las diferencias entre ambos son muy interesantes y permiten percibir los límites de la vicepresidenta.

La primera de esas diferencias se desprende fácilmente del discurso del cura de Valparaíso. Cuando Zamora habla de Chile, se pregunta: “¿Alguna vez han gobernado los comunistas en Chile?”. Se responde que no, y luego enumera a los gobiernos recientes de Chile para explicar quienes “nos han cagado”. Si un cura preguntara en la Argentina: “¿Alguna vez han gobernado los kirchneristas en la Argentina?”, ¿cuál sería la respuesta?. Y si la pregunta fuera: “¿Alguna vez han gobernado los peronistas?”. Es evidente que por su edad, por su trayectoria, por su decisión de construir la política desde fuera del sistema dominante, Boric es alguien que no tiene responsabilidad en lo que ocurre en Chile. Entre Cristina y su marido, Nestor Kirchner, en cambio, gobernaron doce años. Si uno pregunta, como el padre Zamora, “¿Quiénes nos han cagado?”, la respuesta, como mínimo, es un poco más compleja.

No es un asunto irrelevante porque refleja todo un punto de vista de Cristina sobre sí misma. Ella piensa, o dice que piensa, que ella, el kirchnerismo, el peronismo, no son parte de las causas que llevaron a la Argentina hasta aquí. En todo caso, el problema es que no siguieron en el poder para concluir su tarea. De allí se desprende, que los problemas son de los otros a los que hay que derrotar y que no hay ninguna autocrítica que hacer, poco que aprender de los errores cometidos.

La segunda diferencia entre Kirchner y Boric se puede percibir en la obsesión del presidente electo chileno por el equilibrio macroeconómico. Eso se puede rastrear en toda la campaña electoral, en el discurso del día de su triunfo y en todo lo que ha dicho después. Al salir de La Moneda, luego de su primer encuentro con el presidente saliente Sebastián Piñera, Boric dijo: “Esto es algo que conversamos con nuestro equipo asesor, académico, económico. Es algo que mantengo, no fue una estrategia meramente electoral, sino que es una convicción: Chile requiere tener cuentas claras, una macroeconomía ordenada. Sin eso, las reformas que se puedan hacer, se termina retrocediendo. Gastos permanentes tienen que ser con ingresos permanentes, y por tanto vamos a avanzar en reformas estructurales, pero paso a paso para no desbarrancarnos”.

Esa obsesión acerca a Boric a la tradición de otros gobiernos de izquierda, que se preocuparon por no desequilibrar la macroeconomía: así ocurrió en Chile cuando gobernaba el socialismo, en el Brasil de Lula, en el Uruguay del Frente Amplio y en la Bolivia de Evo Morales. Lo que dice Boric es especialmente profundo. Si la macroeconomía no es ordenada, las reformas no son permanentes. O sea: si alguien que se reivindica progresista gobierna mal, es lógico que luego vengan otras personas con otras ideas y desanden el camino recorrido.

Es exactamente lo que ocurrió en la Argentina. Durante los años de Cristina hubo avances sociales indiscutibles. Ella lo dice en cada discurso: “el salario en dólares más alto de la región”. Pero, al mismo tiempo, volvió la inercia inflacionaria, que la Argentina había abandonado durante 15 años, desaparecieron los superávits gemelos, se perdió la autonomía energética y con ella gran parte de la capacidad del país para ser independiente. Las reservas, además, disminuyeron en 20 mil millones de dólares para mantener el dólar barato y, por ende, “los salarios más altos en dólares de la región”.

¿Cuál es la relación entre alguien que defiende ese modelo con otra persona que dice que “gastos permanentes se tienen que hacer con recursos permanentes”? Si se aplica la mirada de Boric sobre la economía argentina, quedaría claro que Cristina es parte del problema que tiene este país: no solo por haber gobernado sino por la manera en que lo hizo. Pero no es sólo lo que dice del pasado, la manera en que omite datos centrales, sino también lo que plantea para el presente en función de lo que piensa, o dice que piensa, del pasado. Parece una obviedad decirlo. Ella gobernó mucho tiempo, el país no está bien, es evidente que debe hacerse preguntas sobre ese fracaso. ¿No lo ve? ¿O hace como que no lo ve?

El tercer punto de diferencia entre Cristina y Boric es especialmente sensible, y distancia, para bien, a Boric del resto del progresismo latinoamericano. Boric es el primer dirigente de la izquierda continental que repudia sin ningún tipo de ambigüedad las violaciones a los derechos humanos en Venezuela, Cuba y Nicaragua. No se le puede reprochar ninguna complicidad, por ejemplo, con las torturas, las persecuciones, los asesinatos, los secuestros y los exilios que se produjeron en Venezuela. Estas posiciones de Boric se expresaron claramente en los debates con el candidato comunista Daniel Jadué, a quien derrotó en las internas para definir la candidatura presidencial, o en el rechazo a las felicitaciones de Maduro a la izquierda chilena luego de la elección de constituyentes.El tuit de Cristina Kirchner recomendando el mensaje del cura chileno Oscar ZamoraEl tuit de Cristina Kirchner recomendando el mensaje del cura chileno Oscar Zamora

En ese sentido, tal vez Boric marque finalmente un camino distinto al del resto de los líderes progresistas del continente, que siguen entrampados en el respaldo a los gobiernos de los únicos tres países del continente donde no existen elecciones libres. Ese camino tiene un norte sencillo: los derechos humanos no se negocian. Los liderazgos tradicionales siguen reivindicando a Hugo Chávez, como lo hicieron Cristina y Lula el 10 de diciembre en plaza de Mayo, para horror de millones de exiliados venezolanos.

El cuarto punto de diferencia es muy sensible. Boric vive como una persona más, sin grandes lujos. En ese sentido, Cristina es muy distinta al resto del liderazgo continental que ella reivindica. Su poder adquisitivo la acerca más al nivel de vida de Mauricio Macri, Sebatián Piñera o Guillermo Lasso.

Gabriel Boric ha sido un agitador en contra del modelo económico que ahora debe conducir: tamaño dilema le espera. Como dijo el cura Zamora, no está entre quienes han “cagado” a Chile, porque no lo ha gobernado nunca. Eso le da autoridad para intentar que su país, al mismo tiempo, sea más justo sin perder la estabilidad: esa vieja y huidiza utopía despreciada por tantos líderes de derecha brutos e insensibles y por una cultura “progre” que muchas veces ignora la ley de la gravedad.

Tiene, indudablemente, la frescura de la renovación.

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