Ante todo, porque hay una restricción ideológica que se manifiesta en el rechazo a conceptos esenciales para el progreso, tales como inversión, innovación, productividad y aun educación de calidad, que son objetados no solo en el discurso, sino también en las decisiones estratégicas.

El “sentido común” de los argentinos dice que somos ricos por la amplitud de nuestros recursos naturales y que por tanto tenemos un futuro promisorio asegurado. Pero la realidad es que somos cada vez más pobres si lo medimos por múltiples variables, que incluyen la brutal tasa de pobreza por ingresos, la carencia en millones de personas de las capacidades necesarias para construir su vida, la tasa de ahorro, la tasa de inversión actual y acumulada, y el limitado stock de recursos naturales per cápita.

Y también somos pobres porque tenemos un sistema científico que no produce conocimientos para optimizar el crecimiento, un sistema productivo que no innova, un stock de recursos humanos altamente capacitados cada vez más escaso, y porque la participación de cualquier producto argentino en los mercados mundiales se reduce constantemente. Es decir, pobreza actual y más pobreza futura que el populismo ha incrementado, con cada vez menos recursos para superarla.

Solo para tener noción de la perversidad del pensamiento y la acción kirchneristas ante esta ecuación crítica, baste recordar que la estatización de Aerolíneas Argentinas nos ha costado hasta ahora 12.000 millones de dólares, y la política tarifaria demagógica, 125.000 millones, y lo comparamos con alternativas que hubiesen dado un mejor futuro a millones de personas, tal como planes masivos de mejor educación. La opción sistemática por el consumo en detrimento de la inversión, publicitada como progresista, muestra en estos ejemplos su capacidad de daño social.

Estas decisiones nos confirman también cómo el populismo carece de cualquier proyecto que pueda revertir el estado de pobreza estructural al que nos encaminamos si no hay cambios definitivos. Ante todo, porque hay una restricción ideológica que se manifiesta en el rechazo a conceptos esenciales para el progreso, tales como inversión, innovación, productividad y aun educación de calidad, que son objetados no solo en el discurso, sino también en las decisiones estratégicas.

La larga y deprimente descripción de los deterioros generados por el kirchnerismo en los últimos 20 años muestra la profundidad de las decisiones que deberemos afrontar, y que exceden lo que aparece como más crítico: la resolución de la inédita crisis económica. Mas aún, la historia demuestra que, de no resolverse estos condicionantes estructurales, ninguna alquimia podrá sacarnos definitivamente de la pobreza estructural que nos abruma.

En definitiva, lo que queda más que claro es el hecho de que administrar la relación armónica entre el presente y el futuro será uno de los mayores desafíos para nuestros líderes, sobre todo cuando se tienen en cuenta las restricciones, expresadas en especial en los niveles y causas de la pobreza que hemos mencionado, son tan importantes como las que deja el cuarto gobierno kirchnerista, el peor desde la vuelta de la democracia.

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